Incoherencia
19/08/2017, 12:36 pm
Filed under: Neuras

Que gracia me hacen las redes sociales. Todos exuberantes, sonrientes y radiantes. Como si estuviéramos viviendo el sueño de nuestra vida. Como el final feliz de las películas de domingo.

Hace unas semanas, cuando viajaba en autobús, escuché a una chica contar que había estado pasando una mala racha. Una de esas en las que no quieres salir de la cama más que para comer o ir al baño, en las que te tiras varios días con la misma camiseta vieja y el pelo sucio. Pero eso no se comparte, decía, porque ahora mismo si no sonríes pese a todo y no estás activo, no bebes, no sales de fiesta, no tienes miles de seguidores o no llevas la última camiseta de moda, ni te maquillas hasta las cejas, es difícil que alguien te vea.

Recuerdo hace no tanto, lo fácil que era tener una conversación interesante, encontrar a gente corriente con grandes aspiraciones, oír historias cautivadoras. Cuando se descubría a las personas por sus actos y sus palabras y no por las fotos de sus vacaciones. Y me acuerdo de algo que escribí hace tiempo…

Esto se ha convertido en días y días de dedicatorias a todo aquel con quien te has sacado una foto no se sabe qué día o a la felicidad que muchas veces no sentimos. Pero nunca está mal convencerse de lo bueno, de lo bonito y lo divertido que resulta todo esto.

Hoy voy a hacer una dedicatoria especial; a las discusiones, a los gritos, a los vasos estrellados contra la pared, a las botellas rotas también, al agujerillo que ha aparecido en tu camiseta favorita, al frío, a los días de lluvia, a los saludos ignorados, al dolor de espalda al levantarte de la cama, a las tostadas quemadas, a los regalos que nunca llegan a ser abiertos, a la impotencia de no poder parar de llorar, a todas las veces que hemos sido olvidados sin que nadie llegara a darse cuenta, a el “Hasta nunca” que no llega a decirse, al “yalosé” sin saber, a las decepciones, a las verdades que duelen, a los complejos, al distanciamiento, al espacio entre tu y yo, entre ellos, a las palabras que no salen, a la ira, las malas caras, a todo lo que nunca tendremos, a los sueños rotos, a todos los tacos que haya, a las obligaciones, al “porque si”, al “porque no”, a las sonrisas falsas, a las patadas, puñaladas, al reloj que marca el tiempo y no deja que se pare el mundo, a los post-it vacíos, al “no puedo”, al deber, al que duerme en el parque, a las hojas de un libro que solo conoce su escritor, a los plantones, al no saber que hacer, a todo aquel que desiste, al que es incapaz de hacerlo y lucha por algo inútil, a la inocencia perdida, a las miradas perdidas, los polvos a medias, a los abrazos que se dan por dar, a los besos que solo son eso, besos…

A las pesadillas, los miedos, a todos los que tienen que hacer algo y no saben qué, a la desesperanza y la “noilusón”, a las decepciones, a los cuadros que nunca serán acabados, a las despedidas, a los que se van, a los que nunca han estado ni estarán, a las maletas que sólo llegan a la vuelta de la esquina, a las flores marchitas, a los planes que nunca dejan de ser planes, a todo lo que tenemos al lado y somos incapaces de ver, a lo que nunca tendremos, a los que no se lo merecen, a todas las veces que nadie puede hacer nada por ti, ni siquiera tu mismo.

Todo esto lo pienso después de subir a instagram una foto preciosa de mi último viaje. Porque todo el mundo tiene derecho a contradecirse.

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Introspección
03/05/2016, 10:51 am
Filed under: Sin categoría

Se me ha olvidado escribir, escuchar y pensar. Aquí hay demasiado orden. Echo de menos el caos, la incertidumbre, la irresponsabilidad, el juego, las risas descontroladas, la falta de horario, el desorden emocional y su espontaneidad. Y la buena música.

Esto es lo que me encanta de la música, que una de las escenas más banales de repente tiene muchísimo significado. Todas las banalidades de repente se convierten en perlas vivas y resplandecientes. Por la música.

Las perlas son más escasas a medida que cumplo años, hay que recorrer mucha más cuerda para llegar a las perlas“.

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(Begin Again, Dir. Jhon Corney, 2013, EEUU)

Esa rutina maldita de la que huía a los quince y que aún me persigue pretende disfrazar los momentos con perlas preciosas y yo fijo que sí, que me engaña. Pero en el fondo no veo más que bisutería barata. Y la magia, esa magia deliciosa, no son más que trucos de mago de circo.



You can’t polish a turd
02/12/2012, 7:02 am
Filed under: Crítica

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Ciudad de las Artes y las Ciencias,

Valencia

 



Joshua James
02/12/2012, 6:54 am
Filed under: Música

http://www.goear.com/listen/6bed2d3/ribbon-bows-joshua-james



Cuando se avecinan cambios
23/03/2011, 3:06 pm
Filed under: Neuras

dsc_0051.jpgHay días en los que simplemente necesitas volverte loco. Enredarte mucho el pelo, entrecerrar los ojos, esnifar el aire y acabar colgado; si no gritas te deprimes. Calentarte con una canción, quemarte en sus huesos, bailar con sus gemidos, cantar con la respiración.

Salir.

Y correr.

Donde te lleve la calle. Sin mirar ni pensar que hay detrás. Sentirte tan perdido como estás y no tener mas remedio que perder la cabeza.



Desde Slmc
12/03/2010, 1:46 pm
Filed under: Neuras

Ven aquí y dame de esa flor tan jugosa, que la paja que ofreces ahora está demasiado seca. Devuélveme la humedad de esa tierra verde, que la arena se cuela en mis zapatos y me molesta. Que vuelvan los colores fríos pero intensos, que se pierdan los marrones. Devuélveme esa brisa costera para ahuyentar el frío que cuartea mis huesos hasta inmovilizarlos. Pide al mar que arañe mis miedos y se los lleve a  otra orilla, pídele a ese azul que vuelva a regalarnos la sonrisa. Ayúdame a recordar como sonaba el ritmo de mis pasos al recorrer las calles vacías, al pisar  la lluvia, los charcos. ¿Cómo era eso de no sentir frío? Ayúdame a volver a esa habitación y a esa ventana donde el cielo siempre parecía menos fosco. Haz que aquello no se pierda y prometo no quejarme esta vez. ¿Qué puede hacer un asturiano en Castilla además de echar de menos sus padrines?

 

 



01 – 2010
16/01/2010, 8:43 pm
Filed under: Relato

Era éste un hombre enano, escuálido. Su espalda no era muy grande y había quedado curvada por el peso del tiempo. Sus manos, en cambio, eran enormes, tan arrugadas como su rostro, tan pesadas como su cuello; demasiado duro, fuerte, terso comparado con el resto de su cuerpo. Parecía su refugiado, su escondite, lo único que no le había robado la vejez.

        Su cara me recordaba  la antigüedad de un pergamino abandonado a la soledad de quién no lee entre sus líneas. Sus ojos, pequeños, oscuros, eran un mar triste, débil; la calma y la tristeza de un lugar destrozado por la furia de un oleaje incontrolable. Su nariz me hizo recordar a Quevedo y su érase un hombre a una nariz pegado. Tenía un perfil puntiagudo, romano; sus encías se habían  escondido en algún lugar de su boca, junto con su aliento, su fuerza, su vida y su esperanza. Apenas le quedaban dientes, puede que por la edad o, quizá, por lo mucho que fumaba y bebía. El bar de Covarrubias le guardaba un rincón cada mañana, esperando sus monedas. Los abuelos le respetaban, los niños le temían y los padres, en cambio, ni le veían. El pueblo le quería por lo que había sido pero  no le trataban como se trata  los vivos.         Vestía siempre con pantalones negros, algo gastados del uso, un polo blanco y una chaqueta de lana de color marrón. Nunca faltaba su boina verde botella, de la que se han inventado miles de historias. Cuentos de aquellos que hablan por hablar, ríen por reír y viven sin pensar que algún día ellos serán los viejos. Sus movimientos eran lentos, pero seguros. Arrastraba los pies al caminar como aquel que siente el desamor. La viudedad le había arrebatado la fuerza que le hacía madrugar cada mañana, sus paseos y su trabajo en el campo. También su higiene, sus pulmones y su sobriedad. Algunos lo llamaban loco por no hablar, otros, por lo que contaba. La mayoría lo llamaban pobrehombre. Con la mirada siempre clavada en el horizonte, llevaba la vida ausente de quien se sienta a esperar.

—¿Has oído a los chicos? Dicen que es usted tan fuerte que ni siente el dolor —le intentó consolar una vez el camarero.

—Tan fuerte es el dolor que ya no sabría sentir otra cosa.

Su mano había adoptado la forma del vaso y su  labios habían acomodado de por vida su cigarro. El bar era su hogar y su hogar era todo lo que había perdido.